- Cierra los ojos, -me dijo una
amiga-, que no hay nada más bonito que ver tu interior. Al recorrer todo lo que está
dentro, descubrimos un mundo el cual muy pocas personas no llegan a conocer.
Al cerrar los ojos, cambiamos la
realidad por nuestras emociones. ¿Y qué hay ahí? ¿Qué hay en mí?
El primer sentimiento que
conocí, fue el echar de menos. Ahí puedes
ver las huellas que han dejado en ti a lo largo de tu vida. Ya puede ser por
todo lo vivido con una persona, o por un momento en el cual ya no tiene su
posesión. Son sensaciones que guardan un abrazo, un beso, el mejor detalle
mostrado o incluso una mirada, pero que ya no está. Entonces tu alma está
adormida, adormida en unos brazos que ya no están, aposentada en un vertiginoso
y gran vacío. Son impresiones desprevenidas, que no las tienes en cuenta cuando
lo tienes todo.
Las impresiones nacen en el
rinconcito más oscuro de ti y florece en lo más bonito; en tu sonrisa. Querido
lector, ¿Se ha dado cuenta que cuando algo nos sienta bien, esa gratitud se da
en muestra de sonrisa?
Al desnudar el alma, se produce
un suspiro donde ahí se resume todas las sensaciones. Con recelo, nos mostramos secos ante lo
desconocido. Y con confianza, aceptamos el trato de conocerlo.
Poco a poco intercambiamos
gestos, que hacen que nos mostremos más receptivos ante ese estímulo. Las buenas
cosas, las cogemos al vuelo. En cambio, lo malo cuesta digerir. Por eso la
dulzura, el cariño, el amor, la amistad, ese afecto entre personas, hacen que
aspiremos y pensemos a tenerlas para siempre. Pero cuando ya no las hay, cuando
se escapan entrelazadas en el viento, guardas ese recuerdo dentro de tu alma. Para
cuando cierres los ojos, recuerdes que están donde ellos mismos se murieron; en
tu alma.